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Todo va a salir bien: Mi historia de superación frente a la esclerosis múltiple
Todo va a salir bien: Mi historia de superación frente a la esclerosis múltiple
Todo va a salir bien: Mi historia de superación frente a la esclerosis múltiple
Ebook324 pages

Todo va a salir bien: Mi historia de superación frente a la esclerosis múltiple

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About this ebook

En Todo va a salir bien Chuso narra, con mucho humor, honestidad y optimismo, todas las situaciones complicadas por las que ha ido pasando en su vida y que le han ayudado a enfrentarse a una enfermedad crónica como es la esclerosis múltiple.
En este relato encontramos calidez, recuerdos y risas que se simbolizan en tres objetos: un balón, un té calentito y un tesoro.
Únete a Chuso en su increíble viaje hacia la superación y descubre cómo, a pesar de los obstáculos, logró enfrentar la enfermedad con valentía y una actitud positiva que te inspirará a superar tus propios desafíos.
LanguageEspañol
Release dateJun 16, 2023
ISBN9788419435330
Todo va a salir bien: Mi historia de superación frente a la esclerosis múltiple

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    Todo va a salir bien - Chuso García

    ¿Cómo empieza todo?

    No voy a engañar a nadie diciendo que esto es algo que tenía pensado hacer desde hace tiempo, que siempre me ha hecho ilusión escribir un libro o que siempre me ha gustado escribir, no, nada de eso.

    Esto empieza cuando, de alguna forma, he conseguido eliminar una de mis múltiples barreras limitantes o, si no eliminarla, conseguir dejarla a un lado o pasar al lado de ella y superarla, porque yo no era consciente de que esa barrera estaba ahí, limitándome, es como esa venda en los ojos que, aunque te deja ver claridad a través de ella, no te deja ver con nitidez los detalles de las cosas, lo más importante, lo más bonito; en este caso; no me dejaba verme a mí mismo, necesitaba pasar más tiempo conmigo mismo, escucharme, alejar cierto ruido interno que no me dejaba hacerlo, la escritura lo ha conseguido.

    Escribí para mí, buscándome a mí mismo, buscando ser mejor persona. Pienso que cada uno de nosotros tiene algo tan único, tan bonito y maravilloso, que no nos damos cuenta de lo que valemos, solemos valorar más lo que nos digan los demás que lo que pensamos realmente de nosotros mismos, posiblemente, porque no nos lo hemos preguntado. ¿Sabes cuál es la persona con la que más hablamos?, ¿con nuestra pareja?, ¿con nuestros padres?, ¿con nuestros hijos? No, con nosotros mismos y, dependiendo de cómo nos hablamos, cómo nos escuchamos, tendremos mejor o peor relación con nosotros mismos.

    Por eso es tan importante que tengamos un pensamiento positivo, porque de él dependen nuestras acciones. Sin pensamiento no hay acción, en muchos casos, ese pensamiento puede ser limitante, tenemos esa fea costumbre y solemos ponernos barreras, unas físicas y otras psicológicas, que no nos dejan avanzar. Algunas de esas barreras ni lo son, en cambio, nosotros las vemos y las ponemos ahí antes de que aparezcan, nos preocupamos antes de tiempo, preparamos a nuestro cerebro para superarlas cuando todavía no es necesaria esa preparación. Esto acaba generándonos más miedo a lo que puede venir o a lo que pueda pasar y nos dejan con las ganas de conocer qué habría pasado si no hubiera estado esa barrera o si no la hubiéramos puesto antes de tiempo y, lo que es peor, nos quedamos sin conocernos a nosotros mismos en un estado más tranquilo, más eficaz a la hora de manejar esas emociones que nos limitan y, sobre todo, que nos agotan antes de tiempo. Lo ideal sería saber manejarlas, detectar cómo nos afectan, cómo nos manejan internamente y saber de verdad cómo somos ante ellas, cómo reaccionamos, pero, sobre todo, conocer cómo somos ante nosotros mismos. Estas emociones nos deben ayudar a vernos en otras situaciones, pero eso igual no nos gusta mucho, quizás porque nos da miedo conocernos.

    Perdemos más tiempo en entender a otros que a nosotros mismos, en saber cómo son o cómo actúan, vamos más allá cuando pretendemos conocer lo que opinan los demás de nosotros, meternos en su cabeza para ver cómo nos ven ellos, además, queremos y pretendemos que sean cosas buenas. Queremos descubrir qué les gusta a los otros de nosotros y, si pudiéramos, con una simple tecla, cambiarles esos pensamientos malos sobre nosotros, igual lo haríamos. Los cambiaríamos sin pensar que, en realidad, somos nosotros los que debemos estar a gusto con nuestras acciones y pensamientos, saber qué nos gusta a nosotros de nosotros mismos y saber que solo nosotros podemos cambiar eso, pero con humildad, fuera de nuestro propio ego, sin tener en cuenta qué piensan los demás. En cambio, queremos saber qué están pensando los demás de nosotros y nos vamos cambiando, nos vamos amoldando al qué dirán y a caer bien a todo el mundo, a integrarnos de forma segura en nuestro entorno, como un acto primitivo de supervivencia, de la mejor forma y más cómoda, ese proceder como el resto procede o, mejor dicho, por como pensamos que el resto piensa que debemos proceder y, aun así, tenemos la vanidad de pensar que somos diferentes y mejores al resto.

    Sé que hay personas que no son así, que dicen o piensan que para nada ellos se dejan llevar por el qué dirán, que no les afecta nada lo que los demás piensan de ellos, incluso, dicen que ellos no van a cambiar nada de su maravillosa vida y de su excelente personalidad para agradar a nadie, ellos son así y punto, excepcionales, si el resto los quiere como son, pues bien y, si no, se siente mucho, es lo que hay; pues enhorabuena, que todo les vaya bonito. Yo no soy experto en psicología para saber si esto es bueno o malo, me da la sensación de que no lo dicen desde la humildad, desde una reflexión con ellos mismos, lo que sí sé es que yo no he tenido ese pensamiento, no he tenido esa reflexión conmigo mismo, no soy tan estupendo, igual soy más mediocre y reconozco que siempre me he dejado y me dejo llevar por agradar a todo el mundo, he modificado cosas para procurar mejorar el qué dirán de mí los demás, para que sea positivo, como si de eso dependiera mi bienestar. Puedo decir que no he tenido ni tengo personalidad suficiente para ser yo.

    Pero quiero cambiarlo, nunca es tarde, quiero ser yo y no pensar si gusto a los demás. Primero me tengo que gustar a mí mismo, y una forma de conseguirlo es hacer cosas diferentes, probar nuevos estímulos, salir de la famosa zona de confort. Por eso me puse a escribir, empecé con pequeñas cosas que iba acumulando en cuadernos, en papeles que jamás volvía a leer, pero cuando realmente di un paso más, un paso adelante para lanzarme a escribir fue, más o menos, al año de que me diagnosticaran esclerosis múltiple, por el 2017, entonces noté que mi memoria para recordar cosas se estaba viendo afectada, cuando aprendía algo nuevo, a los pocos días, tenía que darle un repaso porque no sabía hacerlo, se me escapaban detalles, notaba cómo, cuando antes estudiaba y aprendía algo de memoria, lo podía retener el tiempo suficiente para el cual lo había estudiado y ahora, eso que aprendía, aunque fuera una frase no muy larga, no lo retenía, notaba que iba perdiendo facilidad para encontrar las palabras adecuadas para expresarme, tenía momentos de bloqueos mentales, me quedaba en blanco, con esa sensación de tener la palabra en la punta de la lengua, de no ser capaz de encontrarla por mucho que lo intentara, por diferentes métodos que intentara aplicar para acordarme, la palabra no venía.

    Esa situación se repetía y aumentaba, iba a más, tenía que esforzarme mucho para continuar hablando, hasta con los más cercanos, me costaba encontrar la palabra adecuada, retomar el tema del que hablaba era muy complicado. No es que hubiera sido un gran orador, pero sí estaba acostumbrado a hablar en público, a dar formaciones ante todo tipo de oyente. En ese momento, trabajaba atendiendo a clientes por teléfono y, en esa situación, con esos lapsus, era imposible continuar así, sentí miedo por si me pasaba delante de mucha gente, por si peligraba mi empleo, sentía vergüenza cuando me preguntaba qué pensaban los que me conocían, si, al detectar ese problema, pudieran pensar mal de mí. Era consciente de que, para el resto, para el que no me conociera de antes y detectara esas lagunas, pudiera parecer que estuviera medio tonto, dar la sensación de poco inteligente o que me faltaba un hervor, que también, pero no quería seguir así, tenía que cambiar algo.

    Entonces, no sé cómo, pero vino a mí una información, alguien me lo contó, lo vería en alguna red social o lo leería en algún lado, pero recibí, como remedio a ese tipo de problemas, escribir; me acordé de cuando estaba en el cole o en el instituto y, como mal estudiante que era, me preparaba chuletas para copiar en el examen y que luego no utilizaba porque, al escribirlas, me acordaba mejor de lo que había escrito, que no estudiado.

    A todo esto, le sumaba que antes ya había escrito alguna cosa, pero poca cosa, en redes sociales, en un blog y hasta había gente que me decía que no se me daba mal. Ese consejo, además, decía cómo hacerlo, había que ponerse delante de un papel, de un ordenador y soltar lo que la mente empezaba a escupir, sin filtro, sin corregir nada, sin importar las faltas de ortografía, ni las comas, ni los espacios, daba igual, tú tenías que escribir, escribir y escribir, ya lo leerías y corregirías luego.

    Pues así fui haciéndolo, era maravilloso tener esa sensación de que, cuanto más escribía, más encontraba en mi cabeza aquellas palabras antes perdidas, empezaba a recordar cosas de mi vida que jamás había recordado, era como encontrar un ordenador viejo en casa, encenderlo y ver que contenía carpetas con fotos, con información que guardaste ahí hace mucho tiempo y, al verlas, recuerdas ese momento. Eso es lo que me pasaba, y me gustaba. Me di cuenta de que hacer cosas diferentes te hace encontrar cosas diferentes, que si te quedas esperando y no haces nada para solucionar lo que no te gusta, lo que te perjudica, entras en una rueda, en un remolino de sentimientos negativos de los que será muy difícil salir.

    Otro paso adelante para lanzarme a escribir lo di gracias a un curso que pedí a través de mi empresa, en abril de 2019. El curso se llamaba Crecimiento Personal. Libérate de las Creencias Limitantes.

    Lo impartió Rita González, profesional de recursos humanos en varias empresas, formadora y coach en la mejora laboral y personal y duró dos días en jornadas de unas seis horas cada día, dentro de mi jornada laboral. Rita nos guió a través de varias técnicas de momentos de relajación para poder conocernos un poco más, para aceptarnos y poder conocer cuáles eran esas creencias que nos limitaban y no nos ayudaban a ser mejores, esos miedos que nos impedían crecer como personas y darnos un buen chute de motivación por lo menos, conmigo lo consiguió, creo que, con las otras nueve compañeras que componíamos el grupo, también.

    El curso era un jueves y un viernes, y no sé si por el momento personal en el que me encontraba, no digo que mejor o peor, pero tenía uno de esos días del mes que todas tenemos (el «todas» no es un error, es así, ya te explicaré más delante de qué se trata), estaba más receptivo, más sensible, necesitaba esas respuestas que siempre pido en mis rezos diarios. Respuestas que Dios siempre, más pronto que tarde, me hace llegar. Y ese jueves llegaron.

    Uno de los ejercicios, altamente recomendable, era una técnica de relajación en la cual íbamos a pasear por un bosque que llamaba a la tranquilidad y, en ese recorrido, de alguna forma, nos íbamos a encontrar con nuestro yo actual, nuestro yo del pasado y, finalmente, con nuestro yo futuro, a los cuales les podíamos preguntar algo, o yo, por lo menos, así lo entendí y, con esa mentalidad, me metí en esa meditación o relajación.

    Lo primero que me encontré en ese viaje fue conmigo de pequeño, vi a ese niño tímido pero feliz, me agradaba verlo, saber que seguía en mí; luego me vi en la actualidad, me noté cansado pero con ganas de seguir luchando, me di ánimos a mí mismo para no decaer. Y, por último, me encontraba con mi yo futuro, al final de un camino florido, había una persona anciana sentada a los pies de un gran árbol, en el cual apoyaba su espalda, me acerqué a ella con sigilo, no queriendo molestar y, cuando pude contemplar su rostro, era el de mi madre, quien me dijo que me sentara con ella, noté cómo mis lágrimas empezaban a recorrer mis mejillas, me sentía feliz y llegaba el momento de preguntar algo, inconscientemente pregunté «¿Te sientes orgullosa de mí?», mi madre me miró como mira una madre, con esa mirada tierna y me dijo con voz suave: «Lo estás haciendo muy bien, no te preocupes, que todo va a salir bien».

    Tengo que decir que, en ese momento, ya llevaba como un año practicando yoga asthanga y siempre, al final de la rutina y práctica diaria, hacemos unos minutos de relajación antes de irnos, es en una sala preparada para ello, incienso en el ambiente, música relajante, tumbados en el suelo, con ropa cómoda, con una previa de ejercicios que han aumentado la necesidad de llegar a ese momento de relax para quitarnos ese cansancio, pero nunca había conseguido relajarme de forma tan placentera, nunca de la forma como lo conseguí en ese día, y eso que el entorno para nada era de lo más favorecedor, un aula con diez personas que no conoces de nada, sentado en una silla de plástico, con ropa de calle nada apropiada para ese momento, pero hubo ciertos detalles que sí hacían de aquel momento algo diferente; después me di cuenta.

    Un detalle precisamente fue eso que he comentado, el entorno no favorable, y es que me he dado cuenta de que en muchos momentos de mi vida y, sobre todo, en los más complicados y difíciles, he obtenido grandes recompensas de ellos, de esos momentos donde a nadie le gusta estar, los obligados o no deseados. Gracias a esos momentos difíciles y gracias a situaciones para nada agradables, he conseguido los mejores frutos, es de donde mayor beneficio personal he extraído o, por lo menos ahora, con el tiempo, me he dado cuenta, sé que ha sido así.

    Otro factor que seguro me ayudó y fue diferente a otros momentos de intentar llegar a esa meditación o relajación placentera fue la música que nos puso Rita, nos explicó que es un tipo de música que es capaz de unir nuestros hemisferios del cerebro, ya que emite varios sonidos en diferentes hercios, un sonido base y otro sonido que lo acompaña, lo que se llama Hemi-Sync. Como ves, no voy a profundizar en ello ni reproducir aquí un estudio sacado de internet con los beneficios o perjuicios que puede tener este tipo de música, primero, porque yo no lo hice, no me hacía falta, ¿por qué voy a darle más vueltas?, me gustó en ese momento, me vino bien y ya está y, además porque, seguramente, ya lo harás tú y sacarás tus propias conclusiones.

    Y creo que el motivo que más peso tuvo, el más culpable de que ese día yo consiguiera que ese estado me llegara tan profundo, fue el momento por el que mi vida estaba transitando, que yo no había preparado, que yo no había elegido, pero que, de alguna manera, gracias a la suma de otros muchos momentos anteriores, malos o buenos, era el ideal para recibir ese curso y esa meditación. Era o fue el regalo que esperaba para poder darle un empujón a mi vida, pero esta vez de los gordos, para seguir adelante, hacer caso a mi madre y pensar que todo iba a salir bien.

    Unos buenos cimientos

    Como en una casa o en un edificio de gran altura, los cimientos son lo primero que se hace y deben ser consistentes, de calidad, para dar una buena base, para dotar de fortaleza a esa estructura que crecerá sobre ellos y para que no se derrumbe como un castillo de naipes que cae a poco que le dé el aire.

    Curiosamente, siendo la parte más importante, es algo que no se ve a simple vista, no luce como el resto y cuesta ser admirada por su fortaleza, como las raíces de un árbol por las cuales se nutre y alimenta para crecer, para que luzca florido y hermoso, así es la educación que recibimos, los valores que recibimos desde pequeños serán nuestra base en la que crecerá nuestra personalidad, cuanto más firme sea, cuanto mejores sean esos valores que la forman, mejores personas seremos, serán nuestra carta de presentación hacia el resto del mundo; ese mundo, esa vida que vamos a protagonizar, nos va a sacudir con fuerza, nos intentará derribar, en unas ocasiones conseguiremos mantenernos en pie, otras veces nos derribará, pero el número de veces que consigamos levantarnos será directamente proporcional a la calidad de esos cimientos que hemos forjado.

    Esta base se empieza a crear desde que somos pequeños, por lo que esa tremenda responsabilidad recae sobre nuestros padres, ellos no han podido estudiar para ser padres como el arquitecto que sí lo estudia y que puede aplicar su conocimiento adquirido en horas de estudio y que, a base de planos, de cálculos matemáticos y de tiralíneas, consigue asegurar en un porcentaje muy alto la eficiencia y solidez de lo que construye.

    No hay libros donde se indique cómo ser padres; se aprende día a día y no para todos los padres ese aprendizaje es igual. Para intentar aprenderlo, pueden tomar como referencia la experiencia de otros padres o recordar lo que hacían sus padres, es como cuando copiábamos en el colegio del compañero de al lado y tú no tenías ni idea del examen, no habíamos estudiado para ello, nos fiábamos de que el compañero se lo supiera todo, pero si él se equivocaba, caías tú también.

    Hay muchas variables por las cuales los padres no deberían fiarse mucho de esas experiencias ajenas, cada persona es única, eso ya lo sabemos, aquí tenemos que sumar como dificultad que cada padre, madre e hijo son diferentes, que no hay acción exacta a otra para poder aplicar el mismo patrón y obtener la misma solución. Cuando tenemos muchos datos, al igual que en las matemáticas, se crean un motón de posibilidades y sus resultados pueden ser muy diferentes, que tengan un resultado parecido entre sí, que sean más o menos parecidos o que tengan un resultado exacto al que deseábamos obtener es más que improbable.

    Pero sí es cierto que a los que ahora somos padres las experiencias ajenas pueden ayudarnos, y es como leer otros libros antes de empezar a escribir el tuyo, que sería tu hijo, un libro incierto, lleno de hojas en blanco, podrás tomar esas experiencias como idea principal, como boceto, y algunas de ellas desearás luego saber plasmarlas en tu libro y con letra bonita, sin borrones. Hay que tener en cuenta que los padres solo podrán escribir los primeros capítulos de ese libro. Después de esos primeros capítulos, los padres cederán definitivamente el boli al hijo, al verdadero protagonista de ese libro, a quien a lo largo de esos primeros capítulos le habrán enseñado a escribir su libro, él habrá aprendido a escribir solo. Como les pasó a ellos al principio, escribirán con tachones, con letra dubitativa, endeble, insegura, los padres pondremos nuestra mano encima de la suya para acompañarlos y ayudarlos en los trazos más complicados, con nuestras enseñanzas, con nuestros consejos, les deberemos llevar a ser personas que aprendan a escribir solas, les debemos decir que lo que se escriba en su cuaderno es para aprender de ello, para no olvidarlo, que, si quieren, antes de escribir a boli, deberán hacer anotaciones a lápiz, para luego llegar a una escritura firme a boli, que no se podrá borrar.

    En algunas de las hojas, pondrán anotaciones con las experiencias ajenas que han ido asimilando, como no son suyas, las pondrán a lápiz, así, luego se borrarán con facilidad si no les interesa más adelante. Mientras, podrán consultarlas, irán viéndolas según escriban y, según vayan avanzando en su escritura, encontrarán también las anotaciones que han escrito los padres, también a lápiz, puede que esas anotaciones se borren antes de que las vea el hijo, serán cuando los padres no son capaces de transmitirlas correctamente o no se dan las instrucciones en el momento adecuado, otras notas el hijo sí podrá leerlas, que será cuando recibe esa comunicación, pero es entonces cuando el hijo puede tomarlas o pasarlas por alto, igual que el consejo dado; él lo puede oír y aplicarlo, si lo aplica, será que lo ha repasado con su boli para que permanezca y no se borre, o podrá dejarlo escrito a lápiz, con el lápiz del olvido, que es aquel que se puede borrar con el tiempo y, al borrarse, no lo recordará para aplicarlo más adelante o poder transmitirlo a sus hijos cuando los tenga, ya que no lo marcó con boli.

    También se puede dar que la letra de la anotación de los padres sea inteligible, el hijo no es capaz de saber lo que pone, eso será cuando los padres no han sabido adaptar el mensaje ni transmitir esa experiencia vivida a su hijo.

    Con todo esto, yo pienso que qué difícil lo tuvieron nuestros padres, ¿no? Y le doy un valor altísimo a lo que hicieron, y yo, por lo menos, no me atrevo a juzgarlos, si en algún momento se me ocurriera, solo tengo que ponerme en su piel por un instante para darme cuenta de que tenían todo el derecho a equivocarse. Toda esa sensación crece cuando llegas a ser padre, es como si te pusieran un chip en el cerebro con información adicional de padres, una actualización como cualquier app del móvil o del PC, y es cuando entiendes muchísimas cosas de por qué actuaban así tus padres, que tú, en el papel de hijo, no comprendías, y era lo normal, como tampoco lo entienden ahora nuestros hijos cuando tú actúas de cierta forma como padre.

    Lo que un hijo no entiende, ni nosotros mismos veíamos, es que los padres suelen llevar ventaja a los hijos, porque los padres también fueron hijos, ya pasaron por esa etapa y los hijos todavía no son padres si son pequeños, solo son eso, hijos. Por lo tanto, se rompe el empate, 2-1 para los padres.

    Hay momentos en la vida del hijo en los que sus padres son los mayores enemigos que se pueden tener, todo lo que dicen o hacen está mal, cree el hijo que él sí o sí tiene razón en todo, piensan que su padre o su madre piensa al revés que él, que se equivocan, no pueden estar en el mismo rollo que ellos (qué padre me ha quedado esto, estaría en el chip, en esa actualización que me pusieron cuando fui padre), total, los hijos piensan que los padres no entienden cómo se sienten, claro que no, cómo van a entenderlos si ellos están con el escudo, están en su burbuja infranqueable por aquel que traiga el carnet de padre entre los dientes, stop, no pasas, pero sí está abierto al resto, sobre todo para los amigos, sus colegas o, bien ahora, con el peligro que eso conlleva, lo que digan desde internet o redes sociales las personas que ni conocen, los llamados influencers, los que tienen miles de seguidores llevando vidas irreales y superficiales.

    Yo no tuve la influencia de las redes sociales que hay ahora, imagino que sí tenía la influencia de los amigos, de los compañeros de clase o del instituto, con los que pasábamos más horas que en casa, nosotros recibíamos mucha influencia de lo que nos pasaba en la calle, por eso, entendí luego que nos dijeran que tuviéramos cuidado de con quién íbamos, de con quién nos juntábamos. Y es que hay edades de la infancia y, sobre todo, de la adolescencia, muy especiales, en esas edades tienen la puerta del aprendizaje abierta de par en par, son como una esponja de mojarse y empaparse de cierta información que, sin ellos saberlo, puede hacer tambalear los cimientos puestos anteriormente por los padres, puede que lleguen a caer o resistir. Lógicamente, los hijos pueden sumar o restar fortaleza a los cimientos, tendrán que estar atentos, las malas experiencias que vayan viviendo serán de más peso y se posarán peligrosamente, lo que los desquebrajará, ya que ese peso se está poniendo sobre unos puntos delicados. Si ese hijo no es capaz de detectarlo o cede a esa influencia que no le favorece, puede hacer caer el edificio entero, pero, si es capaz de rechazarla, tomarla o dejarla que se pose en él, pero en un sitio más seguro, más estable, no solo no caerá el edificio, sino que lo hará más firme y sumará fortaleza a su vida.

    ¿Qué está bien o está mal? Es tan amplia la cantidad de respuestas que se le pueden dar a esta pregunta, tendrá tantas respuestas como millones de habitantes hay en el planeta Tierra y de la suma de todas las combinaciones que se hagan entre ellos. Porque cada uno lo ve de una forma, para unos, una cosa está bien y, para otros, está mal, y es que, al final, cada uno tiene su verdad; y esa visión, esa verdad, puede cambiar. Cuando antes decía «blanco» ahora digo «negro», porque me interesa, el ser humano es así. Incluso dos personas, como son los padres, que han vivido una gran cantidad de experiencias juntos, que se supone pueden tener la misma opinión en muchas cosas, pueden pensar diferente en cómo inculcar a su hijo qué cosas están bien y cuáles son malas.

    El hijo tirará hacia el lado del padre o de la madre dependiendo de lo que quiera conseguir, eso nadie se lo enseña y de forma increíble lo tienen impregnado en su quehacer diario, le viene de serie, ¿cómo los mayores, que fuimos niños y que un momento determinado de la vida tuvimos ese mismo recurso, lo hemos dejado perder?, ¿cómo no lo hemos llegado a explotar al máximo nivel para nuestro beneficio propio con el resto de personas que conviven con nosotros? Yo pienso que muchos adultos lo conservan, es increíble cómo manipulan a otros, esos otros, en los que me incluyo, simplemente hemos perdido ese instinto para siempre, algunas veces intentaremos resistirnos a ser manipulados, otras, conseguiremos hacerles creer que somos manipulados (esto se puede entrenar) y, otras, nos rendiremos sin mucha resistencia a esos encantos y caeremos en sus redes manipuladoras.

    Yo tuve la suerte o la lucidez de decirle a mi madre mientras vivía «gracias», gracias por todo lo que habían hecho por mí y por mi hermano, a mi padre no pude decírselo, se fue muy pronto, pero creo que, cuando se lo dije a mi madre, él también se daría por aludido, era un agradecimiento para los dos. La culpa de que tanto mi hermano como yo fuésemos, y seamos, como somos es de ellos; y yo, por lo menos, viendo a mi hermano cómo es y cómo es todo lo que le rodea, les salió muy bien, yo estoy muy orgulloso de mi hermano, sigue siendo una guía para mí, un gran apoyo junto a mi mujer y, después de mis padres, son los dos las personas más importantes en mi vida.

    A mi hermano no le he preguntado nunca si él les ha dado las gracias, nunca me ha hecho falta preguntárselo, porque sé que también piensa lo mismo. Él tuvo el valor y la fuerza suficiente para decirle a mi madre, mientras la enterrábamos, «gracias», un gracias tan sentido como desgarrador; mientras escribo esto y lo recuerdo, mis lágrimas corren por mis mejillas, es inevitable, fueron tanto para nosotros como imagino que lo son vuestros padres para vosotros.

    Igual he empezado por el final al hablar de mis padres ya fallecidos, aunque siempre se dice que nadie muere si su recuerdo se mantiene en el corazón de alguien, y ellos están muy dentro de mí, aunque pasen los años, no pasa un día que no me acuerde de ellos.

    Mi padre, de Córdoba, y mi madre, de Burgos, sus hijos, de Madrid, no podía ser de otra forma para que nos quedáramos con una parte de cada uno y coger algo de esas maravillosas ciudades que, si lo pienso, representan perfectamente a ambos. Mi padre, andaluz hasta la médula, tanto como para no perder su acento pese a estar tantos años viviendo tan alejado de su tierra, con ese salero, generoso, luchador, gracioso y gran contador de chistes, todo el mundo que lo recuerda seguirá diciéndome

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